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viernes, 3 de marzo de 2017

Libertad de expresión.


En estos últimos días nos encontramos con dos noticias que, desde situaciones muy distintas, inciden en la libertad de expresión y sus límites. Primero apareció el autobús naranja con el que un grupo fundamentalista católico paseaba por Madrid el lema "Los niños tienen pene y las niñas vulva". Poco después gana la Gala Drag Queen de Las Palmas un disfraz religiosamente irreverente. Las dos cuestiones están levantando una considerable polvareda en Internet y el mundo real, el autobús fue retirado de la circulación por la policía y numerosos ayuntamientos se apresuraron a asegurar que nunca permitirían su circulación. El disfraz de canarias provocó patatuses varios, llegando a decir el Obispo de Canarias que le apena más que el accidente de Spanair donde murieron 154 personas. Personalmente estoy convencido de que fueron los organizadores del autobús quienes se encargaron de montar todo el follón, avisando a los medios, a la policía y agitando Internet; el irreverente ganador del concurso de disfraces sabía de sobra que tenía asegurada la cobertura mediática ya que buscaba provocar a gente muy fácilmente provocable. Y todos los demás nos hemos dedicado a hacerles los coros y batir entusiásticamente las palmas. Con lo fácil que hubiese sido dejar que el autobús diera unas cuentas vueltas por Madrid y el carnavalero canario se disfrazase de lo que creyera conveniente. A ambos los ampara al derecho a la libertad de expresión y quien no esté de acuerdo puede discutirlo, pero nunca prohibirlo. Porque eso es lo que hace la gente civilizada: debatir las ideas con las que se está en desacuerdo y defender el derecho a que esas ideas puedan expresarse por desagradables u ofensivas que resulten.